lo que jamás habría imaginado apareció ante mí.
Sonreí, sorprendida, aunque con el corazón tenso.
¿Por qué su presencia me provoca tanto desprecio?
Bajo la mirada de nuestros hijos, me pregunté:
cómo podría una mujer reservada, prudente y discreta negar la entrada a alguien así?
Permanecí allí, aturdida, escuchándolo.
Amenazó con algo;
luego su cólera se extendió en un flujo de palabras cargadas de tensión,
hasta volverse un jaleo kafkiano.
¡No, aquí no! pensé.
Avanzó hacia el interior, invadiendo mi intimidad.
Su rostro, vulgar y frío, me repugnó.
Minutos después, todos estábamos alrededor de la cena de Pascua.
La conversación fluyó entre mis hijos y su padre durante horas,
hasta que el cansancio los venció.
Solo entonces comprendí el verdadero sentido de su visita.
Un contacto indeseado me hizo reaccionar de inmediato:
—¡Ni se te ocurra tocarme!
Sus disculpas no funcionaron;
su presencia se sentía invasiva.
Cada gesto contenía burla y desafío.
El silencio se transformó en ruido,
y la tensión creció como tormenta que no encontraba fin.
Y entonces la palabra me atravesó:
¡Monstruo!
Resonó con toda la fuerza de la traición y la humillación.
Recordé la infancia marcada por la injusticia.
Recordé el brazo que sostenía todo con firmeza y luz,
mientras otros jugaban con cuchillos invisibles sobre mí.
Lo que sentí fue profundo:
-
el despojo de mi integridad,
-
la traición de quienes debían protegerme,
-
y el dolor de haber sido arrastrada por su voluntad.
Pero también comprendí algo esencial:
Mi fuerza se encuentra en mi sangre,
en mi espíritu,
en la memoria de lo que soy y de lo que he superado.
Hoy respiro profundamente.
El recuerdo del daño no se borra,
pero tampoco me define.
Todo sigue vivo,
todo respira.
Habló ella de estas desavenencias mortales
con una vergüenza somnolienta,
bajando los párpados pesados sobre sus ojos castaños dentro de un círculo amarillo,
que recibe su color de las fosforescencias submarinas,
o de luz de otra lejanía.

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