¿Recuerdas
su nombre?
_ ¿Puedo contar contigo? –preguntó nada
más colgar la cámara fotográfica sobre su cuello, girar sobre si mismo y
caminar apresuradamente cruzando las calles de la vieja ciudad de un lado para
otro, buscando las sombras proyectadas por los balcones.
_No sé… Me quedé pensando por unos
instantes al tiempo de poner voladores en mis pies. El
exceso de luz solar, me impedía ver en qué dirección caminábamos.
_ ¿A dónde vamos?
_ ¡Allá, allá! _ grito Sícalo.
_ Pero… _insistí.
Nada más hubo cruzado la muralla, y llegado a la playa, solo hasta ese instante mi amigo se precipitó hacia mí alzándome en vuelo y estrechándome en un largo y sensible abrazo.
Nada más hubo cruzado la muralla, y llegado a la playa, solo hasta ese instante mi amigo se precipitó hacia mí alzándome en vuelo y estrechándome en un largo y sensible abrazo.
_ ¿Cómo estás? _me preguntó, separándome
al fin y mirándome de arriba abajo_
_Bueno, aparte de sudorosa y agitada, quiero decir…_
_Bueno, aparte de sudorosa y agitada, quiero decir…_
_Bien _repuse sorprendida, _muy bien,
Sícalo. Me alegra mucho verte.
Y luego me miró cariñosamente.
Es una historia muy larga. Sin embargo,
de los crepúsculos más remotos; no de otro modo podría hoy recordar sobre estas
líneas, intentando no rozarme con las plantas espinosas; aquella tarde asomados
en la azotea del Salomón Ganem y en
frente, la mar Caribe:
Era un domingo de noviembre revuelto y
acalorado. En el cielo sobre la amurallada ciudad tronaban feroces los fuegos
artificiales. La adolescente, saltando por la escalinata embriagada de gracia,
aparecía y desparecía detrás de los rincones. Por las ventanas a través de las
celosías, entraba una luz radiante hacia la penumbra de los pasillos del viejo edificio . Por suerte el aire era fresco y salino y la sesión fotográfica
no se hizo pesada. Aquello, sin darme cuenta, pareció serenar un tanto mi
espíritu.
Mientras pasaban las horas bajo las
luces de los flashes. Yo misma al
mirarme estaba consumida por la pasión, era un soplo. Parecía una forma del
deseo, un ímpetu sin peso, una ofrenda ascendente, como un puñado de incienso
arrojado en la brasa, mientras afuera quedaba la niña de ayer, la mujer del mañana agazapada en el cubil de un matrimonio que tenía algo de cloaca y de sepulcro y la nueva
criatura que no logra separar las heridas del corazón. En ese momento, no era
sino una espléndida alma que creía tener en mis manos el hilo de la libertad
hilado por los ángeles. Y también tenía en mi imaginación, las luces tan
sobrias de color que parecían pintar sobre mí y alrededor siluetas
santificadas por las líneas del infinito.
Atentísimo, como si estuviera a punto de
arrebatar mi último gesto, se esforzaba procurando no perder, no desperdiciar,
ningún movimiento mío; al tiempo que sus pestañas palpitaban sobre el visor de la cámara,
acechado por el estallido de luces apagadas por el ruido de sus pasos.
_ ¿Quieres beber?
Tendí la mano.
_ ¿Cómo te sientes?
_ ¡Perdón! No se expresar lo que
siento._ Le respondí.
_Ven acércate. No a mí, no a mí, sino al
amor.
Y fue así como mi espíritu ingrávido,
tuvo una nueva experiencia de mi verdad mística, que aliviaba el tedio y la tristeza.
¿Olvidaré la exquisitez de aquellas
horas? ¿Y qué son los años, las desdichas, y las culpas para una amistad como
la nuestra?
Hoy, hace apenas un mes, hay quien llora y reza en su casona de
la Amurallada Ciudad y sus plazas, en las iglesias, sobre las murallas, en su cuarto oscuro, en los talleres de
la universidad. Lloran por la muerte que no duerme en la vida de aquellas
fotografías que perduran para que a esta hora resplandezcan.

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