Pasa. Camina.
Ve.
Me quito los zapatos, me incorporo, y
miro dulcemente esa faja de sol que se alarga poco a poco, sobre las paredes,
sobre el piso y sobre mis pies. Mis pies solitarios. Son como si en ellos
viviesen, sin límites ni tiempo, antes de curvarse entre la dulzura, la fatiga, el dolor; el esfuerzo sobrehumano. No dejan de obedecer sujetos al
peso de los huesos y de los años.
Aún hoy no sé cómo ocurrió el ceder al rápido gesto de descalzarme, subir y bajar la montaña, hasta alcanzar el destino junto al río
eterno.

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