¿Sigues estando
perpleja?
Esta pregunta no debería responderla una
desterrada firme en la disciplina, compacta en la voluntad, concisa
en sus validaciones. A pesar de esto, asisto a un espectáculo miserable.
Parezco oprimida por mis logros. Siempre habrá quien quiera aterrarnos con los
peligros de superar las mil vicisitudes que afrontamos y vencemos, gracias
a Dios. Pero, no hacemos más que mendigar la sonrisa del vecino; celebrar los 32
dientes de esa sonrisa indescifrable; dejar en manos de ese personaje ilustre,
viejo tirano, nuestra vida esculpida sobre la roca; y en el bolsillo del
Estado, doctrinario universal que intenta estrangular a la Nación perpleja,
todo el esfuerzo nacido en el polvo del trabajo, la mesura y la dignidad.
¿Sigues estando perpleja?
Esto responderé. Tenemos dos enemigos
igualmente innobles, temibles: el exterior y el interior. Cuando parece ser que
a ese enemigo exterior que enfrentas todo el tiempo, lo has vencido, vuelve y
aparece. Nos escupe en el rostro su odio, nos vitupera, nos escarnece, y se declara irreconciliable. Vuelve a enfrentarnos reclamando lo que ya nos pertenece. Y no
sobra quien quiera persuadirnos de que debemos tenerle miedo y de que es necesario
sacrificar la carne y el espíritu, a ese canalla feroz del que alguna vez
confiaste tu vida; o, a un Estado villano de líderes enriquecidos que trafican con
mafias, guerrillas, para-militarismo y que tiene de fiador a nosotros el
pueblo.
¿Sigues estando perpleja?
No, no me interrumpas. Por alguna razón mis logros debían haber barrido al enemigo
interior o cuando menos cortarle el aliento. Y, en lugar de eso, resulta lo más
nocivo de todo: tiene el rostro de personaje de bien, se declara adicto a los principios
inmortales, habla en lenguaje estructurado, novedoso y profundo. Así, tú, impaciente, que no te inclinas al rezar, la persona fuerte y dotada, más soberbio que tu suerte, más puro que tus goces, sigues encorvada con esa humildad
árida y agria con la que sigues viviendo toda tu vida con todos tus temores. Y a tu alrededor la vida sigue siendo voraz, los deseos no han
sido más salvajes, el drama de las razas no será nunca más violento. Tus pares,
queridos socios que al abrazarte te entierran el puñal por la espalda. Hasta
cuando hablan de amistad sientes que sus palabras pasan entre sus dientes aludiendo, no a su propia e inexistente generosidad, si no a la generosidad
ajena. Tienen hambre. Así es. Unos y otros, después de
haberse hartado y nutrido de víctimas, transmiten su hambre a sus
descendientes. Y si la tierra está harta, el hombre parece insaciable. ¡Basta ya!
¿Sigues estando perpleja?
¿Me quejo? quizá. No podría ya ilusionarme. El
hombre es el lobo del hombre y la Nación donde habitas es una leona para la
Nación. ¿Quién nos enseña la honestidad, la prudencia, la renuncia y la
austeridad? ¿No debemos tantos odios al dominio moral, al silencio del
espíritu, a nuestra
dignidad? El mundo se ensancha en torno a las riquezas, a las ambiciones de
dominio, de alabanzas, de favores de triunfos y riquezas. Esto lo sabía también
mi padre. No sé por qué él sabía que mi destino sería duro. No me elogiaba, no
me alentaba, ni me marcaba un camino ni se burló de mí, ni siquiera ante mis
rarezas, ante mis excesos extremos o mis debilidades. Aunque su carácter era
volátil, conmigo se comportaba respetuoso y confiado, tenía en mí, desde mis
más tiernos años, una fe tan segura que hasta el día de su muerte no dejé de
sentir viva en él mi raíz.
¿Sigues estando perpleja?
No creas que deliro. Estoy consciente. Y aunque mi corazón esté apagado, sangrante, herido, vendado y desolado; me aferro a Dios, a mí misma y a mis hijos, con voluntad de hierro. Mi ser seguirá viviendo y mi mente continuará creando, y mis pies seguirán caminando por el camino recto. Me basta con que el dolor me obedezca, y que mi carne me esté sometida.
No creas que deliro. Estoy consciente. Y aunque mi corazón esté apagado, sangrante, herido, vendado y desolado; me aferro a Dios, a mí misma y a mis hijos, con voluntad de hierro. Mi ser seguirá viviendo y mi mente continuará creando, y mis pies seguirán caminando por el camino recto. Me basta con que el dolor me obedezca, y que mi carne me esté sometida.
Cada nuevo día alivia mi ser, mece mi tristeza infundiéndome una nueva esperanza. Y en el camino
de las luchas: Aprendo, recuerdo y sé.
La montaña. Apuntes del espíritu en una mañana del reciente enero de 2017.

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