Era un domingo de prueba...
Me llega desde lejos el mensaje de
las grandes religiones: "Salva tu alma de perderse". También
aquellas voces que se repiten una y otra vez: "Si estás preparado a su
llamado y a su mandato, no podrás extraviarte ni perderte".
¿Me rebelo, quizá, contra la prueba?
Me detengo en un sueño y el sonido de
las campanas me despoja y me dispersa. Me detengo en un anhelo, y el sonido de
las campanas me lo quita y me destruye. Me
quitan todo cuanto de dulce pueda aún nacer de mí, todo cuanto de mí pueda
parecerse a un niño. No acaban nunca de callar. Es un trueno que
palpita sobre el ladrillo oscuro de la fachada, sobre la calle arbolada y a lo
largo de la corroída reja del jardín.
¿Cuándo callarán esas implacables campanas?
No suenan para mí, suenan para los
adioses devotos parroquianos. Mientras, los cirios oscilan y se derriten en mi
memoria, como entonces, aquella mañana de enero resplandeciente y sudorosa en
que vi el rostro de mi madre, moreno y envejecido; dos profundas
arrugas surcadas por el tedio le rodeaban sus gruesos labios que no cesaban de susurrar
el rezo, espejo de pecadores. Y frente a la cruz de la desdicha bañada por su
llanto, un ramo de flores que había colocado junto a los pies del milagroso Cristo
de la Expiración morían sin voz, sin aliento.
¿Están vivos? ¿Están muertos?
No es una visión, es una presencia
continua que pasa, roza, se disipa, convirtiéndose en una sombra gris que se pierde.
Le veo delante de mí. El estremecimiento rodea mi pecho. Escucho. No es el
canto modulado de las monjas. Es un lamento triste, unas veces largo y otras
breves que brota inesperado de una orquesta profunda; como la revelación de un
verso que despierta el sonido secreto del alma. Luego escucho un ruido silencioso que no es el
de mi corazón; es el sacerdote que ondea el incensario sobre el Santísimo. Soy
toda de hielo.
Lejos,
detrás del muro salobre de cal y canto. Cerca, detrás de la cortina lúgubre de cipreses, el sonido de las campanas sigue
igual, sin fin, sin prisa, extendiendo mi tristeza. El dolor es vidente y
vigilante. Así, el pasado y
mi vida son una misma cosa. Sólo
el pasado existe, sólo el pasado es real como mi profundidad, no tengo hoy ni
mañana. Muero viviendo. Quien se acerca a mí está menos vivo que el pasado que
me mira con rostro de brasa, como surgiendo de una tumba ardiente del infierno.
¿Cuánto tiempo hasta la redención?
Pero sucede, para consuelo nuestro, que Dios corona nuestra emuná de las cosas inmortales.

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