Asomada a
la más alta ventana, se abre ante mí la esplendidez del Universo que se precipita como torrente
celeste.
Siento en mí a mi Di-s...
Me llega el viento con sus aullidos,
brota trémula
la lluvia,
crujen las vigas,
tirita la ventana y gritan los niños.
Y al
contemplar el humo de las chimeneas de las casas que en lo alto trepa al
suave oleaje de las tejas de barro, la luz que brota con el amanecer y una enorme
soledad, discurren entre las largas líneas cenicientas de la autopista. Todo, medio
oculto, entre los altos eucaliptos con su interior desolado, y mientras la
campana susurra su dulce tañido, oigo cantar la torcaza, un canto que tiene
el olor de los humedales y el gozo de la pena.

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