jueves, 2 de abril de 2015

Tesselas I–IV — Infancia y Pueblo del Agua





Tessela I — El despertar

Tenía ocho años —mi hermana, dos menos— cuando entendí que el mundo podía quebrarse en cualquier instante. A los cuatro años ya intuía la inestabilidad, ese rumor silencioso que habita las casas donde el miedo duerme ligero.

Mi padre, venido de la antigua Yugoeslavia durante la Segunda Guerra Mundial, cargaba un exilio que nunca encontró reposo. Salvaje padre: se alcoholizó, se volvió volcán impredecible, derramando su furia sobre el cuerpo y el espíritu de mamá, y sobre nosotros, sus hijos pequeños. Cuatro niños respirando miedo y aprendiendo a ser cautelosos, a prever la próxima tormenta, cada día como si fuera ese vapor cálido del Caribe que lo envuelve todo, incluso lo que duele.

Ese fue mi primer territorio emocional: un mapa de temblores.



Tessela II — El Pueblo del Agua

Aquel Pueblo del Agua quedó atrás, con sus cosechas de níspero, zapote, mamey, caimito y tamarindo; un territorio donde el sol maduraba los frutos igual que maduraba los recuerdos. Aún veo los perros flacos dormitando bajo los totumos, moviendo apenas una oreja al paso del viento, mientras el aire ardía con su olor de tierra húmeda y hojas trituradas por el casco de la bestia.

El paisaje se extendía en cultivos: caña de azúcar, arroz, maíz, yuca; un territorio que respiraba con cada brizna, con cada surco, con cada río que cruzaba la tierra.

Pero lo que realmente sostenía al pueblo era su agua: arroyos transparentes, manantiales subterráneos de dulzura improbable, una corriente que se nutría de las lluvias y descendía desde las lomas, poco más de doscientos metros sobre el nivel del mar. Esa agua viva cruzaba fincas, huertas, caminos pedregosos, y se internaba en los jardines botánicos como si buscara reencontrar su origen secreto. Luego seguía su curso sereno, fluyendo entre terrenos llanos y ondulados, hasta entregarse finalmente a la Ciénaga de la Virgen, bordeando la amurallada ciudad, como si el mismo Pueblo del Agua llevara su aliento hasta la ciudad del Mar.

Dicen que ese arroyo fue tan importante que de él dependió la ciudad cuando aún era apenas un sueño de murallas. Tanto así que, en 1908, levantaron un acueducto para transportar hasta la costa ese caudal fresco que corría como una vena del mundo. Tal vez por eso, en mi memoria, el Pueblo del Agua sigue siendo un corazón que late y manda señales invisibles al mar.

Y sin embargo, ese lugar luminoso y ardiente sigue permaneciendo en mí como un rumor: una corriente que no se seca, una raíz que no se arranca.



Tessela III — La luz de los ojos y el brazo de mamá

Aquel Pueblo del Agua quedó atrás, pero sus murmullos todavía llegaban a mi infancia. Y en medio de aquel recuerdo de frutos dulces, ríos y caminos, estaba ella, la guardiana de la vida, sosteniendo el mundo con su fuerte brazo de mamá.

Cada noche, al filo del descanso, la veía en la puerta de casa, vigilante y serena, como si pudiera detener la noche y contener todos los peligros que acechaban a su alrededor. Su mirada, tranquila y segura, era un faro que nos permitía respirar en el territorio incierto que nos había tocado. En ella se anclaba la esperanza, y en su abrazo encontraba la infancia su refugio más profundo.

Y estaba mi hermana, dos años menor, ya marcada por la intensidad de la vida. Siempre con su rebeldía a flor de piel, con esa fuerza que transformaba cualquier espacio en escenario de luces y sombras. Recuerdo verla un día en la escuela, sobre una banca, desde lo alto de la ventana, observando a las niñas uniformadas de rojo que salían de la Escuela Oficial del Pueblo del Agua, con los labios entreabiertos y un gesto que parecía contener dulzura y violencia al mismo tiempo. Gritaba: “¡Sangre de Toro! ¡Sangre de Toro!”, y todas las niñas la seguían, entre risas y burlas, en un rito extraño que solo mi infancia podía comprender.

Ese momento quedó suspendido en mi memoria como un hechizo: la risa, el miedo, la admiración, todo mezclado en un instante que parecía atravesar el tiempo. Y mientras el mundo giraba con sus incertidumbres, mamá sostenía nuestra existencia, y mi hermana nos enseñaba, sin quererlo, la fuerza de la vida que se impone incluso donde hay dolor.



Tessela IV — Ojos de agua y tormenta

Y luego estaba papá, con sus ojos de agua que parecían contener mares antiguos, nostalgia por una tierra lejana y la furia de un exilio sin descanso. Cuando el alcohol incendiaba su interior, su salvajismo emergía como relámpago: explosiones silenciosas que desgarraban la casa, las cosas, estremeciendo cuerpos y espíritus.

Sin embargo, incluso en medio de esa oscuridad, había fugaces instantes de humanidad: miradas que se suavizaban, voces que bajaban, manos que, por un segundo, acariciaban en lugar de golpear. Pero esos momentos eran frágiles, efímeros, y la memoria los guarda como luces intermitentes que no logran disipar la sombra.

Papá era un territorio complejo: un hombre de exilio, dolor y secretos, de relámpagos insostenibles y silencios pétreos. Su presencia enseñó, sin quererlo, la fragilidad y el valor de la infancia, el precio de cada sonrisa, y la manera de sostenernos unos a otros, buscando refugio en los brazos de mamá y en los juegos improvisados junto a mi hermana y mis hermanos.

El Pueblo del Agua siguió fluyendo en nuestras vidas como un recordatorio silencioso. Algunas veces contra el pedregal sin agua; y ellas mismas fecundando el más árido desierto, el más abrasado lugar. Y ni velas, ni remos se necesitaron para desbordarse en la ciénaga serena.



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