Dibujo: Ephraim Moses Lilien, Sion, 1903
Poema de YEHUDA AMIJAI
Aquí donde las ruinas quieren volver a ser
una casa, su deseo se añade al nuestro.
Incluso las zarzas se han cansado de hacer daño y quieren ser benévolas,
y una lápida, arrancada de una tumba vacía,
ha sido puesta en la nueva muralla con su nombre y su fecha
Y está contenta porque no será olvidada.
Y los niños, que hubieran podido cambiarlo todo,
juegan entre piedras y ruinas.
No quieren cambiar nada.
Una noche de amor suprimida en el Negev
hace brotar una escila en las montañas de Jerusalén,
las cosas se vacían y se llenan,
y no siempre estás con las que se llenan.
Y a lo que llamamos salvia no produce olor,
sino que abre una profunda herida en el olvido,
recuerdo de una sed antigua.
Todo se ocupa aquí del oficio de la memoria:
las ruinas recuerdan, el jardín recuerda,
el pozo recuerda sus aguas y el bosque plantado
recuerda sobre una placa de mármol el lejano holocausto
o incluso sólo el nombre del donante muerto
que se recordará más que otros nombres.
Pero los nombres no son importantes en estas montañas,
como en el cine, cuando antes de la película
aparecen los títulos de crédito y después –
no vuelven La luz se enciende, las letras palidecen,
el telón ondulante baja, las puertas se abren y fuera es de noche.
Porque en estas montañas sólo es importante el verano y el invierno,
sólo lo seco y lo húmedo también los hombres
no son sino depósitos de agua esparcidos por todas partes,
como los pozos, las cisternas y las fuentes del abismo.

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