Voy camino a casa entre la incontable luz y sombra de ráfagas de
cielo
que atraviesa la balaustrada neo-clásica llegando a un palmo
de mis rodillas,
sufriendo metamorfosis.
Las recorro lentamente, para no chocar
contra ellas y poder pasar,
mientras huye la escena que parece disiparse en una
zona de luz
silenciosa de un Café francés.
Me contengo de volverme, de hacer movimiento
alguno, por temor
a que cambie de parecer y pueda traspasar nuevamente el
umbral
agitado.
No siento remordimiento sobre el corazón desgarrado. No olvidaré
nunca el
espectáculo repugnante. No se apartará nunca de mis ojos
la afrenta.

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