jueves, 14 de enero de 2016




Ahora estoy a mil doscientos metros de altura sobre el aliento de la piedra calera y entre una variedad de verdes donde pacen las vacas junto a su sombra fugaz. Las cintas de los senderos atan la tierra atiborrada por cultivos de papas y tapizada de sus flores lilas. Abetos, montañas cobrizas, una que otra casa blanca de bahareque con ventanillas de colores y huellas indelebles de los techos de tapia pisada, hacen parte del paisaje que danza furiosamente convirtiéndose en cielo.


El sol posa sobre mi cabeza, y se oye a lo lejos el pataleo de los caballos salvajes. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario