Ahora estoy
a mil doscientos metros de altura sobre el aliento de la piedra calera y entre
una variedad de verdes donde pacen las vacas junto a su sombra fugaz. Las cintas
de los senderos atan la tierra atiborrada
por cultivos de papas y tapizada de sus flores lilas. Abetos, montañas cobrizas, una que otra casa blanca de bahareque con ventanillas de colores y huellas indelebles de los techos de tapia pisada, hacen parte del paisaje que danza
furiosamente convirtiéndose en cielo.
El sol posa
sobre mi cabeza, y se oye a lo lejos el pataleo de los caballos salvajes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario