Junto a la orilla entristecida
Llena de
un alma que no la limitan los mares, apagando su sed tan solo con el viento y
el siroco del Caribe en aquella lejana isla de baruleros de cuerpos
prietos impregnados de sudor, pies descalzos sobre el fango, el polvo, la
arena, las piedras; desnuda y sola, con sus cabellos recortados, no estaba
solamente su figura, se hacía sentir sin dejarse ver, como el agua siente el
vuelo del alcatraz que en la mar se refleja, hacia el atardecer. Allí, entre caracolejos
esparcidos sobre la playa de la bahía de Barbacoas. Huele en ella la mar apenas
encrespada.

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