lunes, 4 de enero de 2016




Junto a la orilla entristecida

Llena de un alma que no la limitan los mares, apagando su sed tan solo con el viento y el siroco del Caribe en aquella lejana  isla de baruleros de cuerpos prietos impregnados de sudor, pies descalzos sobre el fango, el polvo, la arena, las piedras; desnuda y sola, con sus cabellos recortados, no estaba solamente su figura, se hacía sentir sin dejarse ver, como el agua siente el vuelo del alcatraz que en la mar se refleja, hacia el atardecer. Allí, entre caracolejos esparcidos sobre la playa de la bahía de Barbacoas. Huele en ella la mar apenas encrespada.


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