Todas las mesas de El Claustro están llenas. El hospedero me fastidia, agitando el esfero infatigable, con los ojos fijos en alguna mesa. Después de una pausa sin sonrisa, me conduce hacia el muro ciego resplandeciente
del patiecito interior, apartado de las
personas. Todo está descolorido. ¿Soy la infestada conducida a la clausura? De
pronto escucho un sonido de luces, al otro extremo una fronda de veraneras fucsias
con ramas esparcidas, sobrepasa el muro ciego. Tengo sed. “Si tiene necesidad
de alguna cosa, la pedirá al son de la campanilla.” Por el momento, estaré
atenta a estas escrituras envejecidas, que garabateo cuando tengo los ojos
cerrados.

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