sábado, 30 de enero de 2016



Todas las mesas de El Claustro están llenas. El hospedero me fastidia, agitando el esfero infatigable, con los ojos fijos en alguna mesa. Después de una pausa sin sonrisa, me conduce hacia el muro ciego resplandeciente del  patiecito interior, apartado de las personas. Todo está descolorido. ¿Soy la infestada  conducida a la clausura? De pronto escucho un sonido de luces, al otro extremo una fronda de veraneras fucsias con ramas esparcidas, sobrepasa el muro ciego. Tengo sed. “Si tiene necesidad de alguna cosa, la pedirá al son de la campanilla.” Por el momento, estaré atenta a estas escrituras envejecidas, que garabateo cuando tengo los ojos cerrados. 

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