De pronto esta noche, en una pausa de mi vida íntima, he sentido en el estómago la mordedura del hambre. Sentada sobre el borde de mi lecho, como ávidamente con placer. Dejo de comer el pedazo de pan, para leer un melancólico verso.
¡Qué extraña noche!
La luna nueva
parece consumirse sin dejar el más leve rastro sobre el negro corazón de los cipresales que callan. Me levanto y aspiro el leve viento que ya no tiene fuerza para
agitar las cumbres.
¡Ah! ¿Qué importa? Ahora tengo ganas de dormir,
de sumergirme en el más profundo sueño.

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