martes, 26 de enero de 2016

Bajo la lluvia de FUEGO



Cae la noche negra y cruda, noches pasadas en vela bajo la lluvia de fuego. Llega como un demente una ráfaga y de pronto se escucha un estrépito y gritos. Arden los tanques de guerra, incesantes llamas, bombardeos y disparos prolongan sus ecos. Él se levanta por fin del suelo sobre montones bruñidos de carbón, teñidos de su sangre. Todo es estupor y muerte.

Alejadas del fuego, las enfermeras se asoman desde la carpa, van y vienen, espían, esperan. Él se acuesta bocarriba en la cama de campaña cubierta con una sábana agujereada donde tantos otros soldados habían yacido. Con el rostro consumido y sin color, la boca lívida y torcida por el dolor, las nuevas hebras blancas en su barba descuidada, el pecho descarnado, -una imagen de miserable pesadumbre, que aún permanece de los recuerdos de papá-;  tocando el fondo de la tristeza, exclamaba:

_” ¡No resisto más! ¡Sáquenme de esta angustia! ¡No puedo respirar! ¿Qué es este dolor que me quebranta los huesos?”._

Y en una sacudida atroz,  desde el fondo del dolor sin grito, al final de sus fuerzas:

_” ¡Por favor, cuiden de mi esposa y mis hijos!”._

De repente el rostro del abuelo se oscureció, se perdió en el manantial de sangre que le brotaba del pecho donde apagaron su sed aquellos soldados. Luego entornó los párpados con corazón angustiado. Fue su último aliento que humeó y brilló para luego oscurecerse extenuado, y despertar bajo tierra.

Y ella lo envolvió en una bandera yugoslava. Nada más. 



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