Cae la noche negra y cruda, noches pasadas en vela bajo la
lluvia de fuego. Llega como un demente una ráfaga y de pronto se escucha un
estrépito y gritos. Arden los tanques de guerra, incesantes llamas, bombardeos
y disparos prolongan sus ecos. Él se levanta por fin del suelo sobre montones bruñidos de carbón, teñidos de su sangre. Todo es estupor y muerte.
Alejadas del fuego, las enfermeras se asoman desde la carpa, van y vienen, espían, esperan. Él se acuesta bocarriba en la cama
de campaña cubierta con una sábana agujereada donde tantos otros soldados
habían yacido. Con el rostro consumido y sin color, la boca lívida y torcida por
el dolor, las nuevas hebras blancas en su barba descuidada, el pecho descarnado, -una imagen de miserable pesadumbre, que aún permanece de los recuerdos de papá-; tocando el fondo de la tristeza, exclamaba:
_” ¡No resisto más! ¡Sáquenme de esta angustia! ¡No puedo
respirar! ¿Qué es este dolor que me quebranta los huesos?”._
Y en una sacudida atroz, desde el fondo del dolor sin grito, al final
de sus fuerzas:
_” ¡Por favor, cuiden de mi esposa y mis hijos!”._
De repente el rostro del abuelo se oscureció, se perdió en
el manantial de sangre que le brotaba del pecho donde apagaron su sed aquellos
soldados. Luego entornó los párpados con corazón angustiado. Fue su último aliento
que humeó y brilló para luego oscurecerse extenuado, y despertar bajo tierra.

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