Al otro lado de la arbolada orilla, la
montaña se agazapa bajo un reproche de nubes que se despedaza y se expande. Cada lugar tiene el espíritu que hurta lo poético entre
el tiempo y las bogas; y, cada instante posee algo inaccesible y
sagrado. Es un día místico. Han transcurrido ocho días, y otro año se precipita, luego otro, y así
sucesivamente todos los demás. Su paso es sutil, su presencia es impalpable sobre
mi destino, lejos, en la tierra inmóvil.
Respirando de nuevo a pleno pulmón el azar y el sacrificio; estremecimiento del alba.
¡Déjame
ver el alba!

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