¡Ningún
bárbaro podrá extinguirte!
Algo
salvaje y peligroso se ve entre la claridad de la niebla que amenaza con latigazos
de lluvia. Es el ruido de los taladores polvorientos que desgarra el aire
pesado. Una inmensa pila de troncos se aprieta, se amontona y se esparce a la
orilla del camino, empujados por fuertes gritos. Son mil, son dos mil, son tres
mil; mientras un cóndor se inclina sobre el petigrís muerto en el camino. Y, pareciendo
no encajar con la naturaleza de frío, hambre y cansancio montañés, un perro libre de cadenas
corre ágilmente entre lo profundo del bosque.

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