lunes, 11 de enero de 2016




La montaña sigue siendo desierta. Está allí, sinuosa, con sus largos lomos verdes. Dentro de unas horas, la noche silenciosa y las huellas de humo de chimeneas caerán sobre la soledad como estela luminosa de mi sentimiento, mientras se encienden los haces de luz que escrutan el cielo y el bosque hostil. A esta hora no hay un alma viviente hasta la primera luz de la mañana. Todo es aire y bosque. La montaña ha adquirido una calidad volátil semejante a una visión interior, semejante a una de esas imágenes que la poesía ilumina en la profundidad de mi tristeza. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario