domingo, 31 de enero de 2016


Endechas al linaje de la diosa Sekhmet* 


En medio de leones ella era una leona cazadora que recostada entre sus leoncillos, amamantaba a sus cachorros. Era la fuerza nutridora. A uno de ellos lo crió, para que fuese un león bravo y aprendió a desgarrar su presa y a devorar hombres, mujeres y niños.

¡Este leoncillo es un peligro que debe ser exterminado!

Las naciones supieron de sus excesos,

¡Gracias a Dios!

Pero tal era la fuerza y el poder de la madre que no pudieron atraparlo, colocarle los grillos y llevarlo a la celda de castigo.

A otra de sus crías lo convirtió en una fiera descontrolada. Y cuando este león se hizo fuerte, se paseaba muy orondo entre los leones. Aprendió a arrebatar la presa, devoró gentes, saqueó baluartes, y asoló ciudades; y al estruendo de sus rugidos, el continente y las islas fueron desolados, y cuanto había en ello.

Demolía mansiones, asolaba ciudades y amedrentaba con sus rugidos a todo el país y a sus indefensos habitantes.

De repente, a ese leoncillo descontrolado, el país se dispuso a atacarlo. Le tendieron trampas y en el foso fue atrapado. Le colocaron sogas, le amarraron, le encerraron en una jaula y fue forzado al destierro, para que sus rugidos no se oyesen más sobre los mares, montañas y valles. 

Hoy, encorvado y triste, se echa como león viejo: 

¿Quién lo animará?  

A su madre, leona protectora y vigorosa que había crecido junto al río Magdalena y junto a fructíferas y frondosas tierras, gracias al agua abundante, se fortaleció y fue apta para ser vara fuerte de cetros de Reyes.  Y tanto fue su esplendor que se destacó por encima de cualquier follaje de multicolores veraneras. Se le veneraba, se le reconocía por su altura y poder sobre toda la región. Un día se produjo el cataclismo cuando el viento del Este sacudió con furia enorme aquel poder y fuerza, derribándola en tierra, dejándola desolada y marchita; luego, la gentuza se apropió de su reino. 

Ahora, devorada por el fuego, se halla enterrada en tierra árida y reseca.

¿Dónde estaba yo? 

No importa. Me sentí feliz de llevar al destierro mis ropas con las briznas de todas las malas hierbas y  restos de cenizas y tormentos. 

_” ¡Vayámonos ya!”_, decía el maestro justiciero que me miraba con ruda ternura. 

_”¿Te han mandado a cortarme la cabeza?”_ No sientas compasión. No huiré.

A duras penas me contenía de saltar invadida por la felicidad terrenal, sintiendo la montaña como la siente el arroyuelo que modela y modula su frescura en la orilla, en el guijarro, en cada rama atravesada, en la fronda, en la brizna de hierba. Mientras el aroma de las hierbas mágicas de los Andes que tienen la virtud de convertir el rebaño de ovejas en procesión de confraternidad, me dulcificaba. 


Y supe que me quedaría sola...




* poderosa mujer con cabeza de leona.
(Inspirado del Libro del profeta mudo y sacerdote hebreo: Ezequiel)

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