Endechas al linaje de la diosa Sekhmet*
En medio de leones ella era una leona cazadora que recostada
entre sus leoncillos, amamantaba a sus cachorros. Era la fuerza nutridora. A
uno de ellos lo crió, para que fuese un león bravo y aprendió a desgarrar su
presa y a devorar hombres, mujeres y niños.
¡Este leoncillo es
un peligro que debe ser exterminado!
Las naciones supieron de sus excesos,
¡Gracias a Dios!
Pero tal era la fuerza y el poder de la madre que no pudieron atraparlo,
colocarle los grillos y llevarlo a la celda de castigo.
A otra de sus crías lo convirtió en una fiera
descontrolada. Y cuando este león se hizo fuerte, se paseaba muy orondo entre
los leones. Aprendió a arrebatar la presa, devoró gentes, saqueó baluartes, y
asoló ciudades; y al estruendo de sus rugidos, el continente y las islas fueron
desolados, y cuanto había en ello.
Demolía mansiones, asolaba ciudades y
amedrentaba con sus rugidos a todo el país y a sus indefensos habitantes.
De repente, a ese leoncillo descontrolado, el país
se dispuso a atacarlo. Le tendieron trampas y en el foso fue atrapado. Le colocaron
sogas, le amarraron, le encerraron en una jaula y fue forzado al destierro,
para que sus rugidos no se oyesen más sobre los mares, montañas y valles.
Hoy, encorvado y triste, se echa como león viejo:
Hoy, encorvado y triste, se echa como león viejo:
¿Quién lo animará?
A su madre, leona protectora y vigorosa que había
crecido junto al río Magdalena y junto a fructíferas y frondosas tierras,
gracias al agua abundante, se fortaleció y fue apta para ser vara fuerte de cetros de Reyes. Y tanto fue su esplendor que se destacó por encima de cualquier follaje de
multicolores veraneras. Se le veneraba, se le reconocía por su altura y poder sobre
toda la región. Un día se produjo el cataclismo cuando el viento del Este
sacudió con furia enorme aquel poder y fuerza, derribándola en tierra, dejándola desolada y marchita; luego, la gentuza se apropió de su reino.
Ahora, devorada
por el fuego, se halla enterrada en tierra árida y reseca.
¿Dónde
estaba yo?
No importa. Me sentí feliz de llevar al destierro
mis ropas con las briznas de todas las malas hierbas y restos de cenizas y tormentos.
_” ¡Vayámonos ya!”_,
decía el maestro justiciero que me miraba con ruda ternura.
_”¿Te han
mandado a cortarme la cabeza?”_ No sientas compasión. No huiré.
A duras penas me contenía de saltar invadida por la
felicidad terrenal, sintiendo la montaña como la siente el arroyuelo que modela
y modula su frescura en la orilla, en el guijarro, en cada rama atravesada, en
la fronda, en la brizna de hierba. Mientras el aroma de las hierbas mágicas de
los Andes que tienen la virtud de convertir el rebaño de ovejas en procesión de
confraternidad, me dulcificaba.
Y supe que me quedaría sola...
* poderosa mujer con cabeza de leona.
(Inspirado del Libro del profeta mudo y sacerdote
hebreo: Ezequiel)

No hay comentarios:
Publicar un comentario