Mañana
de Domingo, que dedicaré a atenuar y humillar impacientes pensamientos, soberbia e ídolos sordos y mudos, con té fuerte y otras inocentes mezcolanzas, hasta hallar salud y la luz de gracia envuelta en el alba.
Me encaminé con glotonería secreta hacia la cafetería del pueblo. Permanecí sentada entre murmullos sofocados de voces inquietas, con los párpados cerrados sobre mi eterna rebeldía.
Mi mirada cayó sobre un puñado de tomillo. Lo tomé al azar, marchando impaciente, con alas de mariposa viva aún, buscando la libertad que habita en lo invisible.

No hay comentarios:
Publicar un comentario