_¿Qué tienes, madre mía?_
¿Qué tienes, madre mía?
Era su hijo, con voz tranquila e íntima, que subía la escalera del ático detrás de Lissa.
Me siento un poco mal, respondió ella, con voz serena.
¡Debías saber…! dijo él, con palabras firmes que poco a poco perdieron todo peso de juicio, disipándose, tocadas por un soplo de dulzura y descontento.
Riendo, ella, su hijo amado, se dejó caer en la cama mientras lo miraba, con alegría dominadora y maternal.
Siéntate. ¡Dios! ¡Qué frío hace! Parpadeó, bostezó soñolienta… hasta quedarse dormida.
Hacía lo que quería. Reconocía que, en estos casos, era inútil discutir con ella.

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