Entrando a casa, veo a Charlie coger la guitarra española entre sus dedos morenos.
La había comprado en el taller Felipe Conde,
cien años de guitarras hechas con alma.
Y lo vuelvo a ver:
aquellos días terribles de su viaje a Europa,
cuando la excursión del colegio se dispersó en Madrid
y, de un momento a otro,
dejé de tener noticias suyas.
—¿Qué te dije, mamá? Ya no soy un niño. Debes confiar en mí.
Su pausa me atravesó.
Miré la guitarra, y pregunté con una calma imposible:
—¿Con qué dinero pudiste comprarla?
Salimos del aeropuerto. Él, sereno; yo, hecha un torbellino.
—Después de esos días sin llamarte —dijo—,
me dijiste que papá enviaría dinero
para que saliera del hostal de mochileros,
esa “pocilga” llena de ratones que imaginabas.
Pero no me fui al hotel de cinco estrellas, mamá.
Me quedé allí.
Lissa se quedó sin habla.
El corazón acelerado.
Una oleada ardiente en el rostro.
Todo púrpura.
Entonces él la abrazó,
le besó la frente,
y el torbellino se volvió neblina azul.
Y nada más importó.

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