Levántate y consuélate. Siente como tus músculos se contraen,
tus venas murmuran y un hilo del alma, -como quien recoge del Kotel una
ramita de romero silvestre y la huele, se vuelve al muro, contiene los
sollozos, ofrece todo lo que tiene, sin pedir nada, sin querer nada, luego, levantado
y consolado-, se dispone a servir, al que ama.
Y de nuevo en mí, todas las razas me perturban, como cuando _¿recuerdas?_: me bastaba ver el mar Caribe y el mar Mediterráneo, escuchar el
rumor de las olas para sentir el milagro de la antigua raíz de mi
origen.

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