Dormida en un sueño taciturno
¿Recuerdas aquel 28 de diciembre?
Cuando nos amábamos libres y felices,
cuando fijábamos hacia el futuro
nuestros sueños últimos e inciertos.
Aquel día me regalaste
una joya de plata
engastada en piedras turquesas,
del color del Cielo y del Océano..
Y me dijiste:
“Nada la mueve sino la fuerza del alma,
y en mí habita el deseo de custodiar su luz.”
Ante todos los dioses
juramos amarnos por la eternidad.
Y en mis sueños pensé:
“Me pertenece solo a mí,
por derecho divino y humano.”
Pero…
¿por qué tuve que descubrir
que la plenitud
y la absoluta felicidad
no son posibles en este mundo?
Bogotá,—lunes, 28 de diciembre de 2015

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