lunes, 21 de diciembre de 2015



El refugio del piso 3007

Es diciembre, y la Capital —esa ciudad desarmónica que siempre parece ir un compás por delante— se ilumina con un fervor que intenta disimular su propia frialdad. Desde la ventana, el viento bogotano —afilado, perfumado de eucalipto— me recuerda que estoy lejos del mar y de su aliento salado, ese que tantas veces me ha devuelto la paz.

Me calcé los zapatos más cómodos. Mary esperaba al otro lado de la puerta, dulce pero firme.

Vamos, mamá.
—¿Y ahora hacia dónde? —pregunté.
—Toma la autopista Norte. Por ahora… nada más.

En el retrovisor, Gaviotica —en su manera callada de acompañar— parecía comprender el plan sin nombrarlo. Avanzamos algunos kilómetros, y Mary dio la señal:

—Desvía a la derecha… toma la oreja del puente.

No tuve dudas. Esa ruta nos llevaba al 3007 del Centro Comercial Santa Fe: nuestro refugio lejos del mar, donde los libros abren puertas que no existen en ningún otro sitio.

Después de la pequeña guerra del parqueadero —vueltas, esperas, paciencia— encontramos un espacio casi milagroso. Subimos al último piso. Y allí estaba: la librería, con su aroma a papel nuevo y el murmullo de historias por nacer.

La mesa de chapilla comino crespo, con sus vetas como mapas, nos recibió. Caímos en las poltronas de cuero sin ceremonia, como quien regresa a un territorio conocido. Arte, cocina, moda, cómics, literatura… las manos saltaban de un libro a otro mientras la tarde se evaporaba sin prisa.

Fuera, el viento frío persistía. Adentro, el viento salado de mis recuerdos se mezclaba con el olor a tinta. Pensé entonces en la mirada del mar, tan parecida a esa forma silenciosa en que Gaviotica observa el mundo, la que nunca se desprende del alma.

No escuchamos las puertas bajarse ni las cajas apagarse. Fue la voz del último vendedor la que nos devolvió al mundo. Me levanté con una punzada dulce, mirando los libros abiertos como criaturas dormidas sobre la mesa.

¡Mamá! —dijo Mary, turbada—. abriendo a través de sus gafas, sus lindos ojos color miel.  ¿Podrías prometerme…? No importa.

Gaviotica, en su discreción habitual, enrojecía ligeramente, respirando el silencio.

Ellas saben que hay promesas que no se dicen: se cumplen volviendo al lugar donde el espíritu respira mejor.


Bogotá, lunes 21 de diciembre de 2015. 



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