Frente a los árboles celosamente cuidados, una raya amarilla se lanza al espacio sobre el
destino; la miro, y bajo la cabeza
ante el silbido, -una manera de representar el tranvía, en muchas palabras- Pues bien, luego, una expresión inexpresable al levantar la mirada; y,
¡El Museo Etnográfico!
Su fachada entera, su inmensa
fachada que supera en diseño y aliento a
todos los demás edificios, se alza monumental, y, estaba allí, en su horizonte de fuego. Tomé mi
libreta de apuntes y tracé ansiosa el dibujo para que el recuerdo no desapareciera,
para que no se disipara en el silencio,
para siempre.

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