La luna es simple, y sin embargo está cargada de significados incontables; ingenua, aunque vestida con túnicas engañosas.
Si la contempláramos por tiempo indefinido, seguiría vertiendo —a través de su mística cabellera— perfectas verdades.
A veces, la inmensidad de lo que expresa se vuelve tan misteriosa como la sordidez de la noche: rodeada de negro, la desolación del mundo.
En cualquier noche diáfana, nos señala el camino que conduce a la montaña.
¿De dónde le vendrá ese desmesurado señorío?
De la pura sensibilidad de los poetas que la crearon.

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