Escribana
Un deseo corrió por mi mano derecha, desde el corazón hasta la punta de los dedos, arrastrado por las venas del brazo. Sentada, frente al computador, pensé:
“Necesito escribir.
Tengo que escribir.
No sé escribir.
No conozco el arte de formar bien las palabras.
No… no quiero saber nada sobre el arte del escritor.
Yo pinto.
Pero ahora debo escribir, porque me consuela.”
Y así, comencé a escribir en mi propia carne, con la mirada fija en mí misma, transfigurada por el dolor de los recuerdos.
Las palabras parecían reunirse en torno a secretos juveniles, mientras mi espíritu se elevaba —afligido— y se prolongaba a través de mis dedos sobre el teclado.
No pude contener las lágrimas ni los sollozos.

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