martes, 29 de diciembre de 2015





Una tarde en la vida de Lissa

—¿Le contaste eso a tu padre?

—Naturalmente —murmuró Charlie con aire resuelto.

Lissa lo miró un instante, intentando descifrarlo. Pero él, cerrado como una ostra, no dejó escapar palabra.

—¿Y qué te dijo papá? —preguntó Mary, ansiosa.

Él se encogió de hombros, guardando silencio.

Hacía un calor sofocante, y los chicos pidieron helados.
Lissa, en cambio, insistió en tomar solo agua, negándose a pedir la tartaleta raw chocolate con miel, frambuesa, nueces y dátiles sin gluten que tanto le gustaba.
Gaviota no podía dejar de sonreír frente a su helado de coco y arazá.

—Esos hijos míos… —dije, con tono de fingida censura.

Charlie, dejando caer su atractiva humanidad sobre la silla de aluminio y mimbre, se echó a reír, metiendo la cuchara en cada uno de los helados antes de atacar el suyo, recostado contra la pared.

—¿Quieren algo más? —preguntó.

—¡Pues sí! Estoy medio muerto de hambre. No alcancé a almorzar. El estudio antes que el placer, madre. Por favor, ¡la carta! ¡La carta!

A su llamado, mientras las dos hermanas salían juntas hacia el baño, una figura se apresuró hacia la terraza, extendiendo el menú hacia Charlie con cierto desdén.

Él la miró alegremente y tomó la carta.

—Bueno… comer será el placer de este momento. Y más si es un plato de pescado fresco, recién traído por pescadores artesanales de Tierra Bomba. Pediré un clásico wok.

Los tres hermanos eran curiosamente parecidos, aunque distintos en su manera de ser.
Empezaron a debatir sobre lo que depararía el nuevo año. Coincidían en que, a pesar de los acuerdos de paz, el país no tendría un buen año… pero tampoco el peor.

—¡No hablen de ese tema! —estalló Gaviota, fastidiada—. Siempre están diciendo estupideces.

Pero la conversación, lejos de apagarse, se encendió aún más entre los dos mayores.

Así era la vida de Lissa.
Y así, en verdad, parecía que continuaría: tejida entre el amor y las pequeñas riñas, entre el ruido del mundo y la calma interior que solo los hijos pueden dar.
Porque ni la soledad, ni la edad, ni la idea de los inevitables adioses lograban alterar lo esencial de su vida: ese lazo sagrado e inquebrantable que la unía a ellos.

Sus hijos le habían devuelto la vida, y el amor tantas veces negado.
Y eso —pensaba— era más que suficiente para no buscar ya otra oportunidad sentimental, antes de marcharse para siempre.

Los cuatro, en un coro de risas, siguieron discutiendo, apostando, protestando, charlando.
La diversión se volvió más ruidosa, más alegre que nunca.
Detrás de ellos, la capital se cubría lentamente con esa neblina gris y helada que anuncia la llegada de la noche.


"Toma a mis hijos en tus brazos, Padre Mío, y muéstrales Tu Gracia." 



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