Rasgando el día, la niebla y el humo de las chimeneas ocultaban las lánguidas montañas. Detrás de los viejos cipreses, hojecen los eucaliptus; y en el muro próximo que rodea la casona, la hiedra obstinada se rejuvenece.
A pocos metros, por el camino entre orillas herbosas pobladas de laureles, corre un claro de florecillas blancas. A lo largo de la franja de hierba aparece una zona de tierra arada para el cultivo de papas, mientras los pájaros vuelan bajo, arando sin arar.
A lo lejos, diviso a un campesino gris, más pobre que el apóstol Pedro Claver de la obra literaria "La esclavitud de Pedro Claver" de Vladimir Marinovich: pantaneras rotas, pantalones parchados, ruana desgastada, mochila vacía y sombrero de paja. La Oda del ruiseñor lo acompaña, cantando la vida y la muerte. Por un instante, levantó el rostro demacrado al cántico de la criatura de Dios, y pareció llorar. Era de un solo color sepia, aquel campesino de los Andes, con su divina miseria.

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