martes, 22 de diciembre de 2015


Mará no es para siempre
Oigo su paso vivo y me vuelvo.  El me mira en silencio y calla.  Le miro. Los hilos de plata del solsticio de invierno palpitan sobre nosotros. Algo conmueve sus labios, y no sé si nacerá una sonrisa o un beso. Y no sé distinguir si en mí, palpita el resplandor de la luna o la perplejidad de mi alma.

Luego, al mirarme, frunció el ceño y dijo:

_Aquello fue bueno mientras duró._ Hizo una pausa.

Lissa asentó tristemente.  

_Da gusto volver a verte. Y muchas veces me he preguntado si no hubiera podido hasta pedirte que te casaras conmigo, desperdiciando aquella ocasión._

Lissa movió melancólicamente su rostro, sonriéndole a la vez.

_Óyeme. Adoro tu vida espiritual, adoro esa soledad y ese silencio tuyo que te hace insuperable. ¿Quién te proporcionó esa enseñanza mística?_

Y le respondí con un súbito hielo que me corrió en el cuerpo, como si un manantial estallara dentro de mí:

_¿No te acuerdas, pues, de los prodigios de tus antepasados, ni del éxodo en el desierto, ni reconoces la unicidad de tu D’s?

De repente, sin vacilar, respondió:

_Recuerdo a mi madre, bellísima en Jerusalén, descansando a la sombra de una palmera rica en dátiles y pidiendo a mi padre que le cogiera algunas mientras ella expresaba con fervor la plegaria:


”Shemá Israel, Adonahi Eloheinu, Adonai Ejad”


Luego me miró en silencio. Y me pareció que los rayos de la luna, convertidos en una red de hilos de plata, nos envolvía en torno a nosotros, mientras un río de agua fresca regaba el desierto abrazador. Estaba ella como quien pierde su virtud y su fábula.


_No me reconoces, y me miras. A estas alturas deberías estar acostumbrado._ dijo sencillamente, con su sentido práctico, con una voz extraña y un poco muerta:


Quien recibe felicidad, también deberá aceptar el infortunio. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario