Mará no es para siempre
Oigo su paso vivo y me vuelvo. El me mira en silencio y calla. Le miro. Los hilos de plata del solsticio de
invierno palpitan sobre nosotros. Algo conmueve sus labios, y no sé si nacerá
una sonrisa o un beso. Y no sé distinguir si en mí, palpita el resplandor de la
luna o la perplejidad de mi alma.
Luego, al mirarme, frunció el ceño y dijo:
_Aquello fue bueno mientras duró._ Hizo una pausa.
Lissa asentó tristemente.
_Da gusto volver a verte. Y muchas veces me he
preguntado si no hubiera podido hasta pedirte que te casaras conmigo,
desperdiciando aquella ocasión._
Lissa movió melancólicamente su rostro, sonriéndole a la vez.
_Óyeme. Adoro tu vida espiritual, adoro esa soledad
y ese silencio tuyo que te hace insuperable. ¿Quién te proporcionó esa
enseñanza mística?_
Y le respondí con un súbito hielo que me corrió en el cuerpo,
como si un manantial estallara dentro de mí:
_¿No te acuerdas, pues, de los prodigios de tus
antepasados, ni del éxodo en el desierto, ni reconoces la unicidad de tu D’s?
De repente, sin vacilar, respondió:
_Recuerdo a mi madre, bellísima en Jerusalén, descansando a la sombra de una palmera rica en dátiles y pidiendo a mi padre que le cogiera algunas mientras ella expresaba con fervor la plegaria:
”Shemá Israel, Adonahi Eloheinu, Adonai Ejad”
Luego me miró en silencio. Y me pareció que los rayos
de la luna, convertidos en una red de hilos de plata, nos envolvía en torno a
nosotros, mientras un río de agua fresca regaba el desierto abrazador. Estaba ella
como quien pierde su virtud y su fábula.
_No me reconoces, y me miras. A estas alturas
deberías estar acostumbrado._ dijo sencillamente, con su sentido práctico, con una voz extraña y un poco muerta:
Quien recibe felicidad, también deberá aceptar el infortunio.

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