A unos kilómetros de la Capital, es mediodía.
Nunca había soñado con tanta agua clara y fría, con sabor andino, con la pureza del campo, del hombre rudo y sencillo, y del color de la emuná sin mancha.
Mi felicidad lleva las lágrimas que el sufrimiento no me permitió.
Se puede morir de tanta alegría, después de haber vivido esta hora dulce en esta tierra desdichada.
No hay peligro en el fango mórbido de todas las cosas corrompidas y viles.
No guardo recuerdo alguno, como esos que la alta amnistía premia.
El hedor no llega aquí.

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