Piccolo Caffè
Ocurrió en el café, al pie de una vid cargada de racimos; pues mejor sitio no habíamos de tener para conversar sobre trivialidades. Mi jovial amigo, henchido de elocuencia —como letras encarnadas de boleros que cantan al vino y a la flor—, murmuró mientras llenaba mi copa, con el color de la pasión y el olor del jardín nocturno:
“Hasta que no hayas bebido
tanto vino como agua bebes al día…”
De pronto, un trío de músicos vino a nuestro encuentro por la calle de los Anticuarios, como si buscaran turistas olvidados. Y cada uno, terco, quiso hacernos honor con sus cantos.
Por cierto: quien bebe de ese vino, ya no necesita emperifollarse.

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