Xanadú
Una salida hasta la montaña de Oriente —esa guardiana serena que vigila La Capital desde tiempos que ya nadie recuerda— era el respiro favorito de Lissa cada fin de semana. La colina, con su verdiazul líquido y su manera de abrazar el cielo, le servía de refugio cuando la ciudad se convertía en un torbellino de voces, carros y urgencias sin nombre.
Con sus cámaras bien aseguradas entre las manos, y ese brillo decidido que le nacía cuando intuía belleza, se despedía de la casa y tomaba la carretera que ascendía como una cinta viva hacia el noreste. A cada curva, el ruido de la ciudad quedaba atrás, como si el aire mismo la fuera desvistiendo de peso.
La montaña aparecía de pronto: quieta, antigua, enmarcada por cordilleras azules que parecían custodiarla como hermanas mayores. Lissa detenía el carro ante el portón. Siempre lo hacía. Necesitaba ese instante de respiración profunda, ese golpe de aire frío que tenía algo de lejano y algo de sagrado, como si un umbral invisible se abriera.
Y entonces, el prodigio:
un orden místico, más simple y verdadero, mientras la montaña permanecía firme, silenciosa, sin pretender revelaciones. Ese silencio bastaba.
Lo que nunca imaginó fue que los giros que da la vida la obligarían, años después, a abandonar ese lugar: soltarlo, dejar atrás una porción de tierra que había sido hogar, cimiento, bálsamo y espejo.
La montaña no se movió; fue ella quien tuvo que partir.
Quizá por eso hoy, cuando vuelve a recordarla, el nombre Xanadú deja de ser metáfora y se convierte en un testimonio íntimo:
—son ellos quienes nos guardan, aun cuando nos marchamos.

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