Ensimismada, su aspecto era soñador, alejada de todo y de todos. Un ser añejo, apartado del mundo, pálida y con grandes ojeras, como si no durmiera bien. Rehuía el bullicio de La Capital y de las fiestas.
Una y otra vez, con ademán decidido —tan extraño en ella— miraba la puerta, erguida, cobrando ánimo en medio de sus temores y ansiedades. Luego respiraba profundamente el aroma del café, que le hacía brotar un brillo especial en los ojos y una sombra de color bronce en la palidez del rostro.
Tomaba el mazo de llaves, cruzaba el largo corredor volando, y, llena de rutina, se escurría por la autopista.

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