jueves, 10 de diciembre de 2015





Inclinó la cabeza, rictus de amargura dibujando sus labios, y trató de sonreír… por obligación.

—Lo siento. No me importa lo que él piense. —Su voz tembló, conteniendo la rabia—. ¡No puedo soportarlo más!
Se mordió los labios, con los dientes apretados, sintiendo cómo el corazón le golpeaba en el pecho.

—No comprendo por qué la ha abandonado. —El juez la observaba, serio, impasible—. Prosiga. Cuéntemelo todo. ¿Cuándo sacó su ropa de casa? Deme una fecha exacta.

El aire pareció volverse pesado.
Una oleada de furia le recorrió las venas, nublándole la vista, zumbando en los oídos, arrancando de su garganta un hilo de voz que temblaba.

—No existe fecha exacta —dijo, secamente, cada palabra un filo—. Nunca llevó su ropa a casa.

El juez la miró.
Extrañamente.
Como si despertara de un sueño confuso.
Gesticuló, turbado, sin palabras.


Solo Dios sabe lo que sucedió después…


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