viernes, 18 de diciembre de 2015


La Mecedora de la abuela Matty
Es tan pura y frágil, tan delicadamente torneada, que no parece un objeto inanimado, sino un pensamiento casto de mi abuela. 

Cuando era niña, la mecedora de la abuela Matty era el lugar más sereno de la casa. Ella era modista, y después de horas inclinada sobre telas, agujas y patrones, siempre buscaba ese rincón para descansar. Me acuerdo del leve crujido al sentarse, casi un susurro familiar, como si la madera reconociera su peso.

La silla tenía un pequeño tejido de paja natural que, aunque antiguo, seguía firme y fresco al tacto. Yo pasaba la mano por él, sintiendo la trama exacta, mientras ella balanceaba el cuerpo apenas, lo suficiente para quedarse dormida.

A veces me dejaba sentarme en sus piernas, y entonces la mecedora olía a mar —ese olor viejo y suave que venía de Kárex, la isla donde su hermano carpintero la había hecho con paciencia y cariño. Pese a haber perdido dos balaustres en la mudanza, la silla seguía siendo cómoda, sólida, como si guardara dentro de sí el tiempo entero.

Y yo observaba cómo la luz de la tarde penetraba a través del portón abierto del zaguán y se detenía un instante sobre sus manos temblorosas.


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